Prólogo a Tibios y Muertos

El tiempo actual nos lleva a comprender la literatura como un campo más de consumo.

De ahí que la existencia de sagas literaria inunde las estanterías de las librerías, convirtiendo los títulos en franquicias.

Esto no está nada mal y es comprensible en la sociedad en la que vivimos, pero está creando un tipo de escritos que son casi guiones narrativos para televisión, y que, en cierta manera, desprecian y descuidan una de las principales herramientas del oficio de escritor. El léxico.

Es complicado hoy en día encontrar encuadernados que obliguen a buscar algún término en el diccionario, enriqueciendo de este modo tanto el vocabulario como la cultura de un lector más acostumbrado al «qué» que al «cómo» en el baile de las letras.

Por eso, cuando nos topamos con un escritor a la vieja usanza, un artesano de las palabras, estamos encantados de proponérselo a nuestros lectores como una alternativa al otro tipo de literatura arriba citada.

El presente volumen engloba bajo el título «Tibios y Muertos» treinta ocho relatos del escritor uruguayo Manuel Arduino Pavón.

El señor Arduino ha centrado su capacidad creadora en temas oscuros, a veces macabros, otros tocados ligeramente por la ciencia ficción, en ocasiones recurrentes del cine negro o que recuerdan a viejos westerns. En todo caso, siempre inspirados e inquietantes, pero sobre todo bellos en su forma.

Pues el señor Arduino no es solo un escritor que domina un vocabulario amplio y variado, acentuado esto por los originales usos propios de aquel que ha vivido, hablado y escrito entre las fronteras de Argentina y Uruguay, sino que es, como diría Vargas Llosa, un «escribidor».

Existe un reto en sus planas a dejar la lectura muda e íntima y lanzase a la declamación de las líneas, para disfrutar de una sonoridad y de una inventiva semántica muy poco usual para los lectores del castellano puro, relegado no lo olvidemos, a una parte de Iberia.

Hay que atreverse con un autor que escribe en prosa, pero que coquetea con la poesía en cada oración, en cada sinónimo y que, cuando el lenguaje se le queda pequeño, lo reinventa con mesura y buen gusto.

Pero no todo es forma en esta selección. En «Tibios y Muertos» vamos a encontrar situaciones y personajes grotescos, ofensivos, inquietantes, definidos con pocos trazos pero de una fuerza evocativa e inspiradora fortísima, que en ocasiones nos lleva a maldecir la brevedad del relato, a preguntarnos por qué el autor no continuó tan atrayente fantasía o, y esto es lo más importante, a tomar lo leído como el punto de partida para escribir un argumento propio.

Si esto fuera poco, estos cuentos para adultos poseen además varias capas. Un lector hábil y ambicioso podrá encontrar en «Pájaros Tropicales» mucho más que lo que parece a simple vista, y la reflexión que esconde «Los Ojos», sobre el castigado y el castigador, obliga a tomarse un momento antes de pasar la página y enfrentar una nueva historia.

Con todo, recomendamos en especial «La Consagración de la Morada», un perfecto exponente de terror casi clásico, con una gran fuerza visual y que además esconde una curiosa reflexión sobre la globalización y el valor de la vida, (o de los componentes de la misma) humana.

No hace falta más presentación para estos regalos del señor Arduino, esperamos que sean de su agrado y que, de paso, sirvan como toma de contacto para otras obras de este nuestro amigo autor como son, entre otras, «El Libro de las Ruinas Azules -Historias Arquetípicas y Maravillosas» o «Viaje al Interior de un Ladrón».

La Última Volundad

El escuadrón de fusilamiento se formó delante del condenado a muerte.

—¡Quiero mi última voluntad! –exigió el rebelde a los gritos.

El capitán dio las órdenes sin que le temblaran el pulso ni la voz:

—Preparen. Apunten. ¡Fuego!

Después se acercó al cuerpo destrozado y le puso un cigarrillo encendido en la boca.

Sus camaradas de rango le preguntaron por qué no le había concedido una última voluntad.

—La última voluntad de un condenado a muerte es escapar.

—Si eso fuera así, ¿por qué le puso el cigarrillo encendido en la boca?

El capitán sonrió como una antorcha avivada por el viento y respondió:

—En una de esas, como cualquier simple verdugo, uno también se puede equivocar.

Araña Rosa y Blanca

Una gigantesca araña blanca y rosa descendió desde el techo hasta la cama y se apoyó en la cara de Sebastián.

Durante unos minutos le succionó la sangre, el aire, los sueños y las esperanzas.

Solo por unos minutos.

Después llegó Andrea desde el baño:

—¡Estás pálido como un muerto!

—Casi...

—¿Cómo «casi»?

—Perdí la mejor oportunidad...

Andrea se rio con fuerza de las pálidas palabras de su amante.

Cubrió el rostro de Sebastián con sus cabellos y su cara rosada y le dio un beso largo, unos minutos de beso.

Le succionó toda la sangre, todo el aire, todos los sueños y todas las esperanzas.

Y esta vez Sebastián se dejó tragar.

La introducción de Bécquer

Contraportada de Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer

Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y desnudos, duermen los extravagantes hijos de mi fantasía, esperando en silencio que el arte los vista de la palabra para poderse presentar decentes en la escena del mundo.

Fecunda, como el lecho de amor de la miseria, y parecida a esos padres que engendran más hijos de los que pueden alimentar, mi musa concibe y pare en el misterioso santuario de la cabeza, poblándola de creaciones sin número, a las cuales ni mi actividad ni todos los años que me restan de vida serían suficientes a dar forma.

Y aquí dentro, desnudos y deformes, revueltos y barajados en indescriptible confusión, los siento a veces agitarse y vivir con una vida oscura y extraña, semejante a la de esas miríadas de gérmenes que hierven y se estremecen en una eterna incubación dentro de las entrañas de la tierra, sin encontrar fuerzas bastantes para salir a la superficie y convertirse al beso del sol en flores y frutos.

Conmigo van, destinados a morir conmigo, sin que de ellos quede otro rastro que el que deja un sueño de la media noche, que a la mañana no puede recordarse. En algunas ocasiones, y ante esta idea terrible, se subleva en ellos el instinto de la vida, y agitándose en formidable, aunque silencioso tumulto, buscan en tropel por donde salir a la luz de entre las tinieblas en que viven. Pero ¡ay, que entre el mundo de la idea y el de la forma existe un abismo que sólo puede salvar la palabra; y la palabra, tímida y perezosa, se niega a secundar sus esfuerzos! Mudos, sombríos e impotentes, después de la inútil lucha vuelven a caer en su antiguo marasmo. ¡Tal caen inertes en los surcos de las sendas, si cesa el viento, las hojas amarillas que levantó el remolino! Estas sediciones de los rebeldes hijos de la imaginación explican algunas de mis fiebres: ellas son la causa, desconocida para la ciencia, de mis exaltaciones y mis abatimientos. Y así, aunque mal, vengo viviendo hasta aquí, paseando por entre la indiferente multitud esta silenciosa tempestad de mi cabeza. Así vengo viviendo; pero todas las cosas tienen un término, y a éstas hay que ponerles punto.

El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso maridaje. Sus creaciones, apretadas ya como las raquíticas plantas de un vivero, pugnan por dilatar su fantástica existencia disputándose los átomos de la memoria, como el escaso jugo de una tierra estéril. Necesario es abrir paso a las aguas profundas, que acabarán por romper el dique, diariamente aumentadas por un manantial vivo.

¡Andad, pues! Andad y vivid con la única vida que puedo daros. Mi inteligencia os nutrirá lo suficiente para que seáis palpables; os vestirá, aunque sea de harapos, lo bastante para que no avergüence vuestra desnudez. Yo quisiera forjar para cada uno de vosotros una maravillosa estofa tejida de frases exquisitas, en la que os pudierais envolver con orgullo, como en un manto de púrpura. Yo quisiera poder cincelar la forma que ha de conteneros, como se cincela el vaso de oro que ha de guardar un preciado perfume. Mas es imposible.

No obstante, necesito descansar: necesito, del mismo modo que se sangra el cuerpo por cuyas hinchadas venas se precipita la sangre con pletórico empuje, desahogar el cerebro, insuficiente a contener tantos absurdos.

Quedad, pues, consignados aquí, como la estela nebulosa que señala el paso de un desconocido cometa, como los átomos dispersos de un mundo en embrión que aventa por el aire la muerte, antes que su creador haya podido pronunciar el flat lux que separa la claridad de las sombras.

No quiero que en mis noches sin sueño volváis a pasar por delante de mis ojos en extravagante procesión, pidiéndome con gestos y contorsiones que os saque a la vida de la realidad del limbo en que vivís, semejantes a fantasmas sin consistencia. No quiero que al romperse este arpa vieja y cascada ya, se pierdan, a la vez que el instrumento, las ignoradas notas que contenía. Deseo ocuparme un poco del mundo que me rodea, pudiendo, una vez vacío, apartar los ojos de este otro mundo que llevo dentro de la cabeza. El sentido común, que es la barrera de los sueños, comienza a flaquear, y las gentes de diversos campos se mezclan y confunden. Me cuesta trabajo saber qué cosas he soñado y cuáles me han sucedido. Mis afectos se reparten entre fantasmas de la imaginación y personajes reales. Mi memoria clasifica, revueltos, nombres y fechas de mujeres y días que han muerto o han pasado, con los días y mujeres que no han existido sino en mi mente. Preciso es acabar arrojándoos de la cabeza de una vez para siempre.

Si morir es dormir, quiero dormir en paz en la noche de la muerte, sin que vengáis a ser mi pesadilla, maldiciéndome por haberos condenado a la nada antes de haber nacido. Id, pues, al mundo a cuyo contacto fuisteis engendrados, y quedad en él como el eco que encontraron, en un alma que pasó por la tierra, sus alegrías y sus dolores, sus esperanzas y sus luchas. Tal vez muy pronto tendré que hacer la maleta para el gran viaje. De una hora a otra puede desligarse el espíritu de la materia para remontarse a regiones más puras. No quiero, cuando esto suceda, llevar conmigo, como el abigarrado equipaje de un saltimbanco, el tesoro de oropeles y guiñapos que ha ido acumulando la fantasía en los desvanes del cerebro.